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Nacimiento del amor – Vicente Aleixandre.

¿Cómo nació el amor? fue ya en otoño.
Maduro el mundo,
no te aguardaba ya. Llegaste alegre,
ligeramente rubia, resbalando en lo blando
del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa
me pareciste aún, sonriente, vívida,
frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,
sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,
que llegabas sobre el azul, sin beso,
pero con dientes claros, con impaciente amor!

Ven, siempre ven – Vicente Aleixandre

No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aun de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.

No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y no une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.

La soledad destella en el mundo sin amor.

La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil,
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.

Pero tú no te acerques.

Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata
a la propia conciencia, duelo fulgúreo
en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.

No te acerques, porque tu beso se prolonga
como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.

Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.
¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!

TIERRA DEL MAR – Vicente Aleixandre

Habitaba conmigo allí en la colina espaciosa.
Vivíamos sobre el mar.
y muchas veces me había dicho:
«¡Oh, vivir allí los dos solos,
con riscos, cielo desnudo, verdad del sol!»
Y pude llevármela. Una casita colgaba
como despeñada, suspensa
en algunos poderosos brazos que nos amasen.

Allí habitábamos. Veíamos en la distancia
trepar a las cabras salvajes, dibujadas contra los cielos.
El rumor de la trompa lejana
parecía un trueno que se adurmiese.
Todo era vida pelada y completa.
Allí, sobre la piedra dorada por el sol bondadoso,
su forma se me aquietaba, permanecía.
Siempre temía verla desvanecerse.
Cuando la estrechaba en mis brazos
parecía que era sobre todo por retenerla.
¡Ah, cómo la comprobaba, suavidad a suavidad,
en aquel su tersísimo cuerpo que la ofrecía!

Lo que más me sorprendía era su dulce calor.
Y el sonido de su voz,
cuando yo no la veía,

me parecía siempre que podía ser el viento contra las rocas.
No había árboles. Apenas algún arce, algún pino.
A veces se templaba una loma con un ahogado sofoco.
Pero el cielo poderoso vertía luz dorada, color fuerte, templado hálito.

Lejos estaba el mar: añil puro.
Los cantiles tajantes parecían cuajados, petrificados de resplandor.
En la amarilla luz todo semejaba despedazado,
rodado, quedado,
desde un violento cielo de júpiter.

Pero en la cumbre todo poseía templanza. Y ella
hablaba con dulzura, y había suavidad,
y toda la exaltación terrestre se aquietaba en aquel diminuto nudo de dicha.

Había días que yo estaba solo.
Se levantaba antes que yo, y cuando yo me despertaba,
solo un viento puro y templado penetraba mudo por la ventana.
Todo el día era así silencioso,
eterno día con la luz quedada.
Vagaba quizá por la altura, y cuando regresaba había como una larga fatiga en sus ojos.
Como un ocaso caído,
como una noche que yo no conociese.
Como si sus ojos no viesen toda aquella luz que nos rodeaba.

Por la noche dormía largamente, mientras yo vigilaba,
mientras yo me detenía sobre su velo intacto,
mientras su pecho no se movía.

Pero amanecer era dulce. ¡Con qué impaciencia lo deseaba!
Ojos claros abiertos, sonrientes vivían.
Y besos dulces parecían nacer, y un sofocado sol de lirio puro
penetraba por la ventana.

Siempre ida, venida, llegada, retenida,
siempre infinitamente espiada,
vivíamos sobre la colina sola.
Y yo sólo descansaba cuando la veía dormir dichosa en mis brazos,
en algunas largas noches de seda.

Tierra del mar que giraba sin peso,
llevando un infinito miedo del amor
y una apurada dicha hasta sus bordes.

Biografía de Vicente Aleixandre

 Vicente-Aleixandre
El 26 de abril de 1898 nace VICENTE PÍO MARCELINO CIRILO ALEIXANDRE en Sevilla, en el edificio de la antigua Intendencia, hoy Palacio de la Fundación Yanduri, en la Puerta de Jerez.

En 1899 nace su hermana Conchita, a quien las circunstancias de la vida convertirían en su única compañía familiar. El padre, ingeniero de ferrocarriles, es trasladado a Málaga, en 1900 donde va a vivir toda la familia.

Nueve años de infancia en Málaga donde es condiscípulo de Emilio Prados en el colegio de don Ventura Barranco. En 1909 la familia se traslada a Madrid, donde el joven Aleixandre empezará a cursar el Bachillerato en el colegio Teresiano.

En 1913 obtiene su título de bachiller y cursa el preparatorio de Facultad. También muere su abuelo, Don Antonino Merlo, viejo general de las campañas de Cuba que tanto influyó en la formación del poeta.

En octubre de 1914 tras el curso preparatorio de Letras, ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid y en la Escuela de Comercio. En 1917 veranea en el pueblo Las Navas del Marqués, donde conoce a Dámaso Alonso. Éste le presta la antología de Rubén Darío hecha por Andrés González Blanco en 1910, y el joven Aleixandre descubre entonces que la poesía no es una sarta de insustanciales rimas sino, como dirá más tarde, “una profunda verdad comunicada”. En octubre de ese año, inspirado por el nuevo mundo de una reveladora expresión estética, intenta sus primeras composiciones poéticas.

Obtiene la Licenciatura en Derecho en 1919 y es nombrado profesor ayudante de la asignatura Legislación Mercantil Española. Da clases de Derecho Mercantil e imparte un curso para extranjeros en la Residencia de Estudiantes sobre “Lenguaje de la técnica comercial”. Grado de Intendente Mercantil, con calificaciones de sobresaliente, en los exámenes de mayo. Aparece su primer poema publicado, de signo ultraísta y bajo el pseudónimo de Alejandro G. de Pruneda, en la revista sevillana “Grecia”. Comienza su relación con Margarita Alpers.

Entre 1921 y 1924 la imagen de un joven Aleixandre, enérgico y entregado a la actividad profesional, contrasta con la del poeta sedentario que será cuando la enfermedad le imponga un tenaz cerco. Trabaja como corresponsal administrativo en la secretaría de la empresa Ferrocarriles Andaluces; colabora con artículos especializados en la revista de economía “La semana financiera” y en la de temas ferroviarios “Revista de Comunicaciones”.

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